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Mostrando entradas de noviembre, 2016

BLACK FRIDAY

Aquel viernes, antes de abrir la tienda, rebajó un 40% la población de su comunidad de vecinos.
Miguel Ángel Pegarz
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POR LEALTAD O MÁRKETIN

Dicho sea entre nosotros, ese asunto hubiera habido que liquidarlo de forma más precisa. De acuerdo que el chico tenía que cargar con el mochuelo, eso nadie lo discute. Pero un trabajo más fino no habría estado de más. No da para mucho, es así de torpe, pero siempre cumplió con la Familia. Ya sé que eso a ti te da igual, pero ahora los Tandoneli tenemos un idiota por matón ¿Eso también te da igual?
Miguel Ángel Pegarz


HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO

Cuando me casé con mi esposo, ya conocía sus arranques de genio. Los conocía yo y media comarca, tal era su calibre. No obstante, como le amaba con locura, jamás ni amagó con levantarme la mano, y tal cual venían se iban, yo los toleraba. Era habitual que abriera la ventana vociferando y arrojara botellas, jarrones, sillas… todo lo que imaginen. Pero el otro día en su arrebato cogió a nuestro hijo. Ahí ya tuve que plantarme y le puse en la calle; por la ventana, por supuesto, como a él le gusta.
Miguel Ángel Pegarz
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SILENCIO ABSOLUTO

Al fin la música sorda. Años intentándolo. Apartándose. Primero de la ciudad, ese infierno de onomatopeyas alfa compitiendo entre sí. Luego el pueblo, tiempo lento pero con sus propias melodías. Optó por convertirse en ermitaño. Se retiró al bosque. Evitó las óperas humanas, pero descubrió que la naturaleza es una insidiosa sonata de ruidos animales y viento entre hojas. Para cuando subió a la montaña, ya todos lo tenían por loco. No era del todo falso; esa búsqueda del silencio absoluto le estaba trastornando. No alcanzó su meta en la cumbre, ruido blanco natural. Descartadas todas las opciones mínimamente razonables, se imponía la solución radical. Volvió a la civilización, se esforzó entre el ataque de sonidos por convertirse en el candidato ideal. Y se enroló en una expedición a la Antártida como personal de apoyo. Llegados a ese punto, vagar por el mar de hielo fue lo más fácil. Las inhumanas temperaturas eran lo de menos. Y aunque el viento perseveraba en su acoso, el plan era mu…

LA SALVACIÓN DEL LECTOR.

Bruno lee tranquilo en su sillón favorito cuando escucha un ruido. Se levanta y va hacia él. El ruido ya iba a su encuentro en forma de embozado portando un enorme cuchillo. Bruno sale al jardín desconcertado, sin entender más que lo que está en juego. Irene observa la escena desde un plano superior, sobrecogida. Ve a Bruno tropezar, recular hasta el muro del jardín, su cara de pánico mientras esa sombra sólo rota por el reflejo del cuchillo se acerca inexorable. Irene ve elevarse la hoja, impotente, no lo soporta, y cierra las tapas de golpe. Bruno respira aliviado consciente de lo cerca que ha estado su muerte. Miguel Ángel Pegarz
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